Ilustración de Guillermo Trapiello.
Abre la ventana que entre el frío, el polvo de la nieve de la meseta helada. Hace tiempo que andas mirando hacia la ventana y me parece que la miras como si estuviera vacía, como si el hielo no fuera ni siquiera hielo, como si el polvo del hielo que corre por la superficie no fuera nada. Entiendo que el blanco pueda resultarte como una ausencia, pero el blanco no es vacío, querido, el blanco es por lo pronto: blanco. ¿Recuerdas haber salido para hacer algo? ¿Recoger leña, quizás o mirar cómo caía más nieve del cielo? ¿Recuerdas haber caminado alrededor de la casa? Aunque no te acuerdes, yo te he visto entrar después de eso y has vuelto a mirar por la ventana, una vez más, cómo si el blanco no fuera nada y entonces me he acercado para ver y lo he visto. El blanco era por ejemplo: huella. Abre la ventana, corazón, que se te escarchen los ojos, para que puedas ver, de verdad, el hielo de cerca.
Te diré, además, que hace un par de meses que vengo oyendo unos crujidos como de hebras que se tuercen por ahí abajo. Me refiero, sí, debajo del hielo. Los he oído durante el día y también durante la noche, unos crujidos sutiles, diría incluso elegantes. Escucha lo que te digo: crujidos placenteros. Anoche, cuando no podía dormir, me abrigué y salí a la puerta, empecé a rascar con las uñas, primero el polvo, después la nieve y acabé picando el hielo con un palo. No fue fácil, te podrás imaginar, el hielo es muy duro y en la noche hace frío, pero ya sabes, lo fácil siempre es demasiado fácil y yo tenía un instinto como de zorro del ártico.
Debajo del polvo, de la nieve, del hielo, encontré unas fibras verdes, unos brotes luchando. Ahí estaban, como venas calientes en medio del iceberg. ¿Has visto? Ya te dije que el blanco era algo más que un vacío para mirar desde la ventana y aunque resulte milagroso que las plantas hayan crecido, era cuestión de mirar al hielo con otros ojos. ¿Me estás escuchando? No sólo el blanco era hermoso, sino que ahora también tenemos verde, torcido y flexible, suave, porque son brotes apenas nacidos. Se han agarrado a la nieve con fuerza, son astutos, son orgánicos, son fibras vegetales o acaso animales que han nacido para darle la razón a un presentimiento: detrás de la ventana, detrás del blanco frío del hielo donde faltaban incluso los aullidos de un lobo, había algo, llamémoslo hebra o planta o brote. Si abres la ventana quizás los escuches crujir.
Nuria Cubas