Javier Penalosa

Ilustración de Guillermo Trapiello.

 

 

Javier Peñalosa

 

Javier Peñalosa M. (México, 1981) Es licenciado en Educación y egresado de la escuela de escritores de SOGEM, fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía en los períodos 2007-2008 y 2008-2009. Escribe guiones para televisión y escribió también la novela infantil El día que María perdió la voz (El Barco de Vapor). Es autor del libro de poesía Aviario y en 2009 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa con el libro inédito Cartografía de la memoria.

Javier Peñalosa

 

Javier Peñalosa (México 1981) is an undergraduate student in Education and of the Writers School SOGEM. He was distinguished by the grant of the Fundación para las Letras Mexicanas in Poetry in two periods (2007-2008 and 2008-2009). He writes scripts for TV and also published the children’s novel El día que María perdió la voz. He’s author of the poetry book Aviario and in 2009 he obtained the National Poetry Award Enriqueta Ochoa with the unpublished book Cartogtafía de la Memoria.

 

Cuerdas

Sostenida por una cuerda,
por dos pincitas,
estaba la sábana blanca.
Era la intimidad de alguien
recién lavada
y puesta al sol para secarse.
Era lo que cubre a un cuerpo por las noches
y una bandera que ondeaba
su blancura de territorio no fundado.

Ahora comienza a oscurecer
y sólo queda esta cuerda desnuda
en su soledad
que nada sostiene;
sólo una cuerda, casi invisible
que se extiende ofreciéndose a los pájaros.

Ya nadie vendrá hoy
a colgar sus ropas,
pasará la noche
y la cuerda sin nadie
se borrará con la oscuridad.

¿Qué sentido tiene
una cuerda
sin nada que sostener
en medio de la noche?

Está terminando este día
y no ha llegado el día nuevo.
Los aviones siguen pasando
hacia tierras desconocidas.
Las pincitas de madera están en el piso.
La cuerda va a esperar
a que sea mañana
y alguien vuelva para colgar
una sábana, una camisa,
un listón.
Dios también es una cuerda.

 

 

Diluvio

No sé por dónde empezar,
no ha dejado de llover en diez días
y el sonido monótono de la lluvia
es lo único que escucho.
Recargo la cabeza contra la ventana
e imagino que los hilos de agua
están bajando por mi frente
y no del otro lado del cristal.
Imagino que entiendo este idioma de gotas,
imagino que dicen mi nombre
sin mojarse.

No sé por dónde empezar,
hace más de diez días que llueve
y el patio de la casa ya está anegado.
El agua entra por debajo de las puertas.
Mira la madera, está hinchada
como los cuerpos en el mar.
No sé si es de día o está anocheciendo,
no puedo dormir, sueño que llegan peces
hasta la puerta de mi casa
y que debo hundirme para abrirles.

Seguirá lloviendo, dicen en el radio
que seguirá lloviendo
y mis muebles no tienen a donde ir,
mis zapatos no tienen a donde ir,
y en la calle los vecinos aseguran
que mi casa no sabe nadar,
que no ha aprendido a dejar sus cimientos
como lo hacen las aves migratorias.

¿Qué tipo de materiales
debo usar para permanecer a flote?
¿Cuáles son las herramientas
para hacer un techo
en el que puedan arremolinarse todos,
estar secos y juntos, entrar en calor?
¿Cómo se construye un arca?
¿Cuánto medirá de proa a popa un arca?

Nunca he construido algo
que sea más grande que mi cuerpo.
Mis manos son torpes.
No sé por donde empezar,
no sé qué cosas traer conmigo,
apenas sé el nombre de un puñado
de plantas y animales.
¿Puedo traer las fotografías que guardo
en la recámara, encima de la cómoda, 
en el tercer cajón de mi lado izquierdo?
¿Puedo traer la sombra de Isabelle
proyectada bajo la arcada un sábado imposible
del año del bosque y de las velas?
¿Puedo traer las palabras que no he dicho?
Quiero que vengan conmigo
el recuerdo de la bruma en la vereda,
una mirada que duró más de lo que estaba previsto
y supo prolongarse hasta la última hora
aunque ya no hubiera luz,
quiero el sonido de las campanas repitiéndose
a las ocho en punto de la mañana.
¿Son suficientes estas cosas que guardo?
¿Podré comenzar de nuevo,
cuando se vaya la lluvia,
con este puñado de instantes?

No sé por donde empezar,
soy Noé pero hace tiempo que corté mi barbas,
soy el que camina por los puentes con los ojos cerrados,
soy el que espera a que vengan los carpinteros de Dios,
soy la paloma que no distingue el laurel de la oliva   
pero vuelve siempre, desde el último cielo, cuando la tormenta abre.

La grulla

Nunca había visto una tan cerca.
Cuando la encontré escondida en el bote,
a la orilla del agua,
todavía sus ojos iban de un lado hacia el otro,
como si mirar fuera una forma de moverse,
de salir de ahí.
Tenía las alas rotas y su largo cuello,
elegante como los juncos,
solo insinuaba algunas plumas y estaba cubierto de lodo.
Las hormigas ácidas, rojas, comían de la carne abierta,
de la sangre de ave que manaba del costado.

Me quedé mirándola sin atreverme a tocarla:
yo no sabía de la lentitud agónica,
de esa forma de estremecerse más allá del dolor.

La grulla respiraba con dificultad
cuando el mango del remo que yo empuñaba
rompió su cráneo.

No hizo ningún sonido, no graznó,
pero con un reflejo, que no venía del lado de la vida,
alcanzó a mover esa pierna de carrizos
un par de veces.
Yo sentí una columna de frío subir despacio hasta mi nuca,
mis manos temblaron porque no sabían llorar,
y en mi alma, la misericordia
tuvo por primera vez el rostro de la vergüenza.

Pero en la majestad de ese cuerpo humillado por las fracturas,
en ese desprendimiento del alma del pájaro,
se fue algo mío también, frágil y moribundo.
Han pasado muchos años desde entonces y, a veces,
en las tardes, miro a esa grulla volver dentro de mí
sobre el cielo abierto de mi juventud,
volando a penas, con tumbos, cada vez más cerca del suelo.
Yo sé que está muy cansada,
como están cansadas las cosas que se repiten;
la canción monótona de los grillos,
lo que está detrás de las ventanas,
o el peso constante de la culpa.

Por eso estoy esperando a que caiga,
para acercarme otra vez con el remo entre las manos.