Ilustración de Guillermo Trapiello.
Nació en la Ciudad de México en enero de 1975. Publicó su primer cuento a los 11 años, en el suplemento para niños de La Jornada. Entre sus publicaciones se encuentran cuentos como «Psicoanalista» y «Elena y el ladrón», en El universo del búho. (mayo 2004), «Christine Young» y «Furry lifestyler» en el Blog literario Jeroglíficos Virtuales (marzo 2008), «Ilaria» Lenguaraz: literatura para no leer, núm. 12, (otoño 2007), y «Premonición» núm. 14, (primavera 2008) . La autora estudió Comunicación social (uam-x), después Antropología social (ciesas) y después inició un doctorado en Ciencias penales, que espera retomar en el 2010. Desde hace siete años es profesora de Semiótica y Análisis del Discurso en grado y posgrado y desde hace seis trabaja en la Embajada de Chile. En el 2007 publicó el libro de texto El documental como crisol. Análisis de tres clásicos para una antropología de la imagen (ciesas). Desde hace una década escribe la columna “Cinemantropos” en la revista Ichan Tecolotl y ocasionalmente publica artículos de divulgación e investigación en diversas revistas especializadas.
She was born in Mexico City, on January 1975. When she was 11 years old, her first short story was published in the kids supplement of La Jornada diary. Between her plenty publications are found: «Psicoanalista» and «Elena y el ladrón», in El universo del búho. (may 2004), «Christine Young» and «Furry lifestyler» in the literature blog Jeroglíficos Virtuales (march 2008),«Ilaria» Lenguaraz: literatura para no leer, number. 12, (autumn 2007), and«Premonición» number 14, (spring 2008) Karla studied Communications, Social Antropology and recently started a PhD in Penal Law, which is looking forward to conclude in 2010. For seven years she’s been teaching Semiotics and Speech Analisis, and for six years has worked in the Chilean Embassy in Mexico. Since 1999 she writes the column “Cinemantropos” in the magazine Ichan Tecolotl and occasionally publish specialized papers in several magazines.
Karla Paniagua
No se atreve a dormir en su cuarto, siente que los libros y
las imágenes sacras se le vienen encima. Sólo se esconde
ahí para soñar despierta.
Recostada sobre el edredón, imagina que Sor Juana sale
de bajo la cama, se sienta a su lado y le dice al oído «Oh,
dulce Gabrielle, gozo mío» mientras le muestra un reli-
cario en forma de corazón. El relicario comienza a crecer
hasta que se abre. En éxtasis, Gabrielle descubre en el inte-
rior una foto de Cristian Castro.
Las variantes de la fantasía incluyen a Lestat jugando a
los deditos conversadores, Cristian Castro disfrazado de
Lestat, y Sor Juana pidiéndoles a los dos primeros que re-
pitan después de ella los Tocotines.
Mamá entra sin tocar, le avisa que la cena está servida. Al
final de las escaleras Gabrielle encontrará, como cada no-
che, un mantel individual sobre la mesa, un plato, un vaso
y un tenedor.
Se queja del menú —tortitas de papa— y toma asiento
al lado de mamá. Ambas beben del vaso y comen del plato,
alternando el uso del tenedor. Después de cenar, Gabrielle
se pone el camisón y se mete bajo las cobijas de la cama
que comparte con mamá.
—¿Te lavaste los dientes?
—Sí.
—¿Usaste hilo dental?
—Sí.
—¿A qué hora entras a la universidad mañana?
—A las ocho.
—Apaga la luz, no quiero que lleguemos tarde.
—Sí mamá, buenas noches.
—Buenas noches, Gabrielle.
En la clase de hoy levanta la mano para pedirle al profe-
sor que corrija el tiempo verbal en un verso de Neruda,
pues se ha equivocado al citarlo. El profesor modifica la
inflexión pues sabe que Gabrielle es implacable con los pe-
cados enciclopédicos.
Algunos de sus compañeros de clase no saben si pa-
tearla o acariciarle la cabeza. Sin una mejor estrategia en
mente, se imaginan dándole por el culo mientras ella recita
Canto malabar.
Gabrielle prepara su tesis, una revisión detallada de las si-
nécdoques gongoristas. Trabaja todas las tardes después
de la escuela, mientras mamá espera en el auto.
—La tesis nos está quedando hermosa —le dice mamá
a una vecina que pasa por allí mientras Gabrielle escupe
fragmentos de uña sobre un cuaderno.
Mamá cuelga el teléfono de mala gana. Maximiliano Brio-
nes, el insulso que desea invitar a Gabrielle al cine, lo ha
intentado de nuevo.
—Te digo que no insistas, estamos muy ocupadas —di-
ce mamá antes de cortar.
En su cuarto, Gabrielle sueña despierta que Lestat viene
para beberse la sangre de su himen en una copa martinera.
Gabrielle y Maximiliano logran escabullirse para «revisar
algunos sonetos que ella escribió en una tarde inspira-
da». Se ocultan en el cineclub de la universidad. Dan una
película de Haneke. Apenas hay tres personas desper-
digadas en la sala. Buscan un rincón discreto; él toca su
pierna y, entonces, ese clítoris que ha esperado demasiado,
despierta.
Todo sucede rápidamente: se esculcan, los parlamentos
de la película esconden su respiración y el roce de las pren-
das que ceden, como capas de cebolla. Gabrielle pone las
manos temblorosas sobre su miembro que, por ser el pri-
mero, le parece descomunal. Gabrielle se descuida un se-
gundo y adivina el rostro de mamá que canta en la pantalla
«Oh, dulce Gabrielle, gozo mío». Lo suelta como si fuera
un hierro encendido. Con los calzones empapados sale hu-
yendo hacia los brazos de mamá, que en su imaginación le
acaricia el cabello y promete que nadie volverá a tocarla.
Max permanece en la butaca: el pene se le arquea como
un signo de interrogación.
Fragmentos extraídos de: Paniagua, Karla. Pobre amor heterosexual, Lenguaraz, México, 2009.
Fotografía de Karla Paniagua por: Ochoa, Rubén. Elena tiene miedo, México, 2009: http://www.rubenochoa.com/elena.html