Ilustración de Ana Cubas
Nació en Málaga en 1983. Desde hace cuatro años vive en Madrid, ciudad en la que se pierde y se encuentra continuamente. Si no sale a la calle, le asaltan achicopales y centauros. De estas sorprendentes visitas surgen los cuentos de Andar por casa, proyecto de libro en busca de editor.
She was born in Málaga, Spain in 1983. Four years ago she moved to Madrid, city in which she frequently gets lost and found. If she’s not in the street, she’s arrested by achicopales and centaurs. From this amazing visits the short stories Andar por casa are born; a book project looking for a publisher.
C. G. Jung
–¡Psht, psht! ¡Despierta!
Entreabrí los párpados, pesados como el plomo, intentando separar la realidad de las últimas imágenes del sueño del que había sido arrebatada tan bruscamente. Un cielo gris pálido anunciaba el inminente amanecer, al otro lado del cristal de la ventana.
–Oye, nena, espabila.
Giré la cabeza instintivamente, hacia el lugar del que provenía la voz que me había despertado. Me dio un tirón en el cuello, a pesar de que el movimiento debía de haber sido tremendamente lento, pues mis músculos aún seguían agarrotados por el sueño.
–¡Ya era hora!
Di un respingo. Había alguien en mi cama. Un desconocido.
–Anda, guapa, muévete un poco, que me estás pisando.
No entendía nada. ¿Qué hacía allí aquel tipo? ¿Quién era? Intenté acordarme. Entorné los ojos, esforzándome por visualizar el momento exacto en que me había ido a la cama la noche anterior. Todo había sido normal. Rutinario. No lograba recordar ningún detalle extraño.
–Ey, no vuelvas a dormirte, nena, y levanta el pompis.
Pestañeé para asegurarme de que aquello no era una visión, de que ya estaba despierta y no seguía soñando. No. Era cierto. Había un tío sentado en mi cama. Un hombre atractivo, fornido, con una larga melena castaña y el torso descubierto.
–Oye, guapa, me estás pillando la cola.
Yo seguía sin comprender. Me incorporé levemente, apoyándome en los codos, e intenté articular una frase coherente. Todo lo que logré fue boquear como un pez, sin emitir ningún sonido, mientras trataba de organizar mis pensamientos, aún sumidos en un torpe sopor.
–Verás, es que tengo un po-qui-tín de prisa –dijo él, enfatizando las últimas sílabas de la frase–, ¿sabes?
–¿Qué? –pregunté por fin, sorprendida.
–Que muevas el trasero, que me estás pillando la cola y, así, no puedo marcharme.
Sin ser muy consciente de mis actos, hice lo que me pedía, apoyando las manos sobre el colchón. Noté que algo se deslizaba bajo las sábanas. Entonces, el desconocido se puso de pie, alcanzando una estatura colosal.
–Ha sido un placer, monada –dijo con cierta ironía–, pero yo me largo.
Y con un resoplido, se dio media vuelta y salió de la habitación con un leve trote, cerrando la puerta tras de sí.
Chuzos de punta
–Buenos días, soy el afilador. ¿Tiene usted algo que afilar?
–Pues… creo que no. ¡Ah, sí! ¡Espere! ¿Podría usted afilarme la lengua? Es que la tengo un poco roma y no logro criticar todo lo hirientemente que yo quisiera. Y el ingenio, por favor, que últimamente ando poco aguda. ¿Afila usted ingenios? Y verá… ¿podría usted afilarme un poco por aquí, el cuero cabelludo? Por mucho que me asuste, nunca se me ponen los pelos de punta.
–Esto… Me temo que no puedo ayudarla. Yo sólo afilo objetos metálicos, ¿no necesita afilar algún utensilio de hierro, de acero…?
–¿Objeto metálico? Pues… ahora que lo dice, sí. ¿Podría afilarme este cuchillo? Es que, con él, ni pincho ni corto.
El achicopal
Llega el verano y ¡ah, las vacaciones! Uno se cree libre de responsabilidades: nada de preocupaciones; ¿el estrés?, olvidado; ni ordenadores ni oficina ni agenda. Qué tranquilidad, qué felicidad. Sientes ganas de silbar, de bailar, de dar volteretas (si tu anquilosamiento te lo permitiera). Empiezas a hacer planes: a partir de ahora, nada de carreras para coger el metro, sólo paseos tranquilos y erráticos, sin prisa, sin objeto. Y ¿qué tal un viaje a la playa? O tumbarse en la hierba, a ver pasar las nubes, sin más.
Y una mañana, cuando aún estás en la cama, tumbado, leyendo, escuchas un roce, unas uñitas arañando la madera y corres a abrir el armario, a buscar entre la ropa de invierno y lo presientes, justo debajo de ese jersey con olor a naftalina. Lo apartas angustiado y allí está, mirándote con sus ojos de pasado: el achicopal. Tu achicopal tiene forma de anécdota, se parece a un recuerdo. Un recuerdo bello, sin duda, pero precisamente por ser ya sólo un recuerdo se ha convertido en achicopal.
Un achicopal es pequeño como un suricato, cabe en la palma de la mano, o incluso en un pastillero. También puede ser grande como un mastín, que te espera sentado en el felpudo cuando vuelves a casa. El achicopal te acompaña día y noche, silencioso, enigmático, con su mirada de esfinge. Lo llevas en el bolsillo, como una china en el zapato o enganchado a tu muñeca como un reloj de pulsera.
Tu achicopal apenas hace ruido, cruje como las hojas secas o una carta antigua. A veces, se te olvida que está contigo y, de pronto, lo buscas con la mirada, ansiosamente. No se ha movido, está justo donde lo dejaste, clavándote sus ojillos brillantes y redondos como canicas negras.
En la oscuridad de la noche, intuyes su silueta, sus ojos como dos pozos profundos junto a la almohada. Entonces, cuando estás a punto de conciliar el sueño, suspira o se encoge de hombros. Y pasas el resto de la noche mirando el techo y esperando que salga el sol.
Un achicopal es responsabilidad de su dueño. No le puedes pedir a tu vecino que te riegue las plantas, que recoja el correo de tu buzón, que cuide a tu achicopal. El achicopal es tuyo.
El achicopal nunca viene solo. Empiezas a encontrar achicopales debajo de la cama; en el baño, junto al cepillo de dientes; dentro del frigorífico; en la bandeja de entrada del correo electrónico. Pronto, tu casa se llena de olor a telarañas o a cristal empañado, de rumor de puertas cerradas y pasos que se alejan. Y sabes que la única manera de librarte de ellos es estar ocupado, volver al trabajo y a la rutina. Sólo así podrás olvidarte de tus achicopales y, poco a poco, irán marchándose tal como vinieron, sin decir una palabra, con apenas un temblor de lluvia. Y se llevarán consigo sus miradas de pretérito, sus ojos de turmalina.
A veces pensarás con nostalgia en tu pequeño achicopal, recordarás su mirada de petróleo, e incluso creerás escuchar un ronroneo de cuentas de cristal, pero no lo echarás de menos. Sabes que puede volver en cualquier momento, así que cierras bien las puertas, tapas las rendijas, eliminas todo aquello que pueda traerlo de vuelta: una entrada de cine, un disco, un par de calcetines viejos. Al principio sufrirás, te sentirás abandonado, pero el tiempo todo lo cura y la imagen del achicopal se irá borrando hasta desaparecer por completo entre despertadores y formularios.
Medusa-woman
A Elena
Pues sí, fíjate qué suerte tengo... así me van las cosas, ¿qué quieres que te diga? Ya no me extrañaría nada... ¿Tú has visto Spiderman? Pues igual, yo igualita... pero versión medusa. Más asqueroso, si cabe... Y menos práctico... porque, a ver, convertida en medusa... ¿a quién voy a salvar? ¿Te imaginas? ¿Qué clase de habilidades tendría? ¿Qué iba a hacer? ¿Picar a los malos? ¡Uuuh, qué miedo! Seguro que se ponen a llorar... pero de risa... Al menos, sería comestible, ahora que se ha puesto de moda la cocina oriental...
Todo el verano estudiando, sin salir de casa y, para un día que salgo, mira lo que me pasa... Si es que no puede ser... no puede ser. Si llego a saberlo, me quedo con mi libro de cálculo. Que estamos en agosto y estoy más blanca que los guiris... que la gente me habla en inglés... hasta por teléfono... Yo es que sigo la estética del siglo XIX, así palidita, que no me dé el sol... es que es la última moda, ¿sabes?
¿Y qué? El otro día digo: voy a ir a la playa, a ver si se me quita esta cara de ecuación de segundo grado que tengo... pero ya es suerte, ¿eh? Lo mío es de película... pero de película de terror... Lo que yo te diga...
Seguro que sólo había una medusa en la playa. Una solita, perdida. La medusa despistada. Porque no había más, que eso lo sé yo... que si no, habría más gente afectada, ¿no? Que no voy a tener yo tanta suerte... O habrían puesto la bandera amarilla... Pero es que tuvo que tocarme a mí. Sólo había una y me tocó a mí. A mí me tuvo que picar... Seguro que ni siquiera era una medusa... seguro que era un tentáculo que flotaba por ahí, a la deriva... Pero bueno, ¡¿qué le vamos a hacer?! Soy yo, soy yo... No podía pasarme nada bueno, no. ¿Ves? Si yo lo sabía... te tenías que haber quedado estudiando, me dije... si ya lo sabías, si siempre te pasa lo mismo... Pero no. Tenía que ir a la playa... No podía ir al cine o a dar una vuelta por el centro. No. Tenía que ir a la playa. Y bañarme. Justo donde estaba la medusa... Vamos, que lo mío no tiene nombre...
Y de eso, ¿cuánto hace? ¿tres? ¿cuatro días? ¿Y la picadura? Pues ahí sigue... Y cada vez me pica más... En vez de desaparecer... No. Ahí está. Incordiando...
Por eso digo lo de Spiderman... Que al chico, que era un alfeñique, le picó una araña... y mira cómo se puso. Que así cualquiera. Pero yo... ¿yo? Con la suerte que tengo... Ya verás... Que de superhéroe no tengo nada... Yo soy del club de ciencias... con mis gafitas y mi boli en el bolsillo... Y porque no soy un tío, que si no, llevaría camisa de cuadros... Y por muchas arañas que me piquen, no me voy a convertir en una heroína... Y mucho menos si me pica una medusa... Ya ves... Ni aunque me picara una ballena... Que vale, que las ballenas no pican, lo sé. Era por poner un ejemplo de algo muy grande... Que seguro que hay algo grande que pica, pero que a mí, ahora, así de pronto, pues no se me ocurre nada... Pero algún bicho habrá... Pero yo, de fauna, poco... Eso sí, de integrales y derivadas, pregúntame lo que quieras... lo que quieras... Que después de pasarme el verano entero estudiando, algo sabré contestarte...
Pero nada más... que la medusa no va a mejorar mis habilidades físicas... Además, ¿qué iba a hacer? Igual me vuelvo transparente o fosforesco (¿fosforesco? ¿eso existe?); emito fosforescencias... Pero poco más... A lo mejor me vuelvo blandengue... ¡uy, qué asco! Y eso, ¿para qué sirve? Para nada.
Pero las medusas no saben matemáticas... así que no me sirve para nada ser medusa-woman... para nada. Sólo me faltaba suspender el examen. Y no me extrañaría... después de tanto estudiar... un suspenso. Eso es.
Pues, ¿sabes qué? Como me suspendan el examen, pico al profesor.
Producto garantizado
La vida en las sociedades modernas carga a los individuos de estrés y preocupaciones. Trabajo, estudios, relaciones sociales, familia, hipotecas, desempleo,... ocupan demasiado espacio en nuestras vidas como para complicarnos en otros asuntos que supongan un consumo de energía excesivo. No es de extrañar, por esta misma razón, que busquemos actividades sencillas en las que invertir nuestros escasos momentos de ocio, ocupaciones que requieran poca concentración y esfuerzo.
Es por eso por lo que, ante la posibilidad de adquirir un producto o disfrutar de un servicio, esperamos que ofrezca unos requisitos mínimos que nos garanticen un rendimiento adecuado, a fin de evitar molestias o trastornos innecesarios.
No me parece desmesurado exigir un cumplimiento mínimo de lo estipulado en el contrato; aun así, no lo solicito. No pido que me garanticen que durante (pongamos) dos años funcionará como el primer día, aunque incluso las lavadoras ofrecen un periodo más amplio de garantía.
No quiero que consuma poca energía, ni que su manejo sea sencillo. Que no ensucie; que sea silencioso y discreto; que no resulte potencialmente peligroso para los usuarios... no es imprescindible.
No necesito disponer de un teléfono de atención técnica que funcione 24 horas al día los 365 días del año (366 en año bisiesto), ni de un servicio gratuito de reparaciones. No busco la mejor oferta, el precio más competitivo. No quiero que me lo cambien por otro producto en caso de que no cumpla mis expectativas o si no funciona según lo esperado. Tampoco pretendo que me devuelvan la diferencia si lo encuentro más barato en otro establecimiento. No pretendo que incluya regalos o que venga acompañado de un manual de instrucciones de doscientas páginas o que esté asegurado a todo riesgo.
No aspiro a que combine con las cortinas o la tapicería del sofá ni que huela a lavanda. Mucho menos que sea 100% reciclable y que respete el medio ambiente; que no contenga CFC o gluten, que sea apto para diabéticos y vegetarianos.
No espero que cubra perfectamente mis necesidades o que se adapte a mi capacidad intelectual. No necesito que resuelva ecuaciones de tercer grado, que sepa reparar cualquier instalación eléctrica o cambiar las bujías del coche. No quiero que limpie el polvo ni que haga la colada o que vaya al supermercado en mi lugar.
No es preciso que me traiga el desayuno a la cama, que me dedique frases románticas o que nunca se olvide del cumpleaños de mi madre. No pido que sepa recitar poesía, citar a autores célebres o hablar quince idiomas.
Sólo pido que me aseguren que me hará un poquito más feliz... tal vez así me decida a enamorarme.